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EL CHICO QUE MIRABA AL SUELO

02/08/2026

Mayo de 1986. En la foto, un chico de 18 años sostiene un trofeo dorado y mira al suelo, entre la vergüenza y una alegría que no se atreve a mostrar. Ese chico era yo, y hasta entonces no había destacado en nada.

El chico que no valía

Me crie en San Sebastián y estudié en el Liceo Francés. Luego pasé dos años en San Juan de Luz. Y durante todo ese tiempo fui un chico sin brújula: malas notas, ninguna motivación, la sensación constante de no encontrar mi sitio. Me miraba en los demás y siempre salía perdiendo. Me sentía, sin más, inferior.

El deporte era la herida más visible. En España, un chico que no juega bien al fútbol lo lleva escrito en la frente, y yo era de los últimos en ser elegido. Era así, y punto. Yo era el malo. Y cuando llevas suficiente tiempo siendo el malo, dejas de intentarlo, porque ya sabes cómo termina.

Salir de casa

Entonces salí de casa. No fue decisión mía: fueron mis padres quienes me enviaron solo a Inglaterra, a un colegio internacional en un pueblo pequeño del noroeste, muy cerca de Gales. Y es una de las decisiones que más me han cambiado la vida, una de esas por las que siempre les estaré agradecido. De repente no había red debajo: tenía que enfrentarme a la vida, a los estudios y a mí mismo, sin nadie que lo hiciera por mí.

Fue mi primer contacto de verdad con el mundo. Convivías con decenas de países y culturas a la vez, cada uno con su forma de ver las cosas. Y, sobre todo, fue el primer lugar donde tuve la oportunidad de poner a prueba mi propio potencial, sin la etiqueta que arrastraba desde niño. Nadie allí sabía que yo era «el malo». Podía empezar de cero.

Un balón y un premio

El colegio tenía campos de fútbol, y yo tenía un balón. Por primera vez podía salir a chutar solo cuando me diera la gana, sin que nadie me eligiera el último, sin que nadie me juzgara. Solo yo y la pelota.

Un día, un profesor comentó, casi de pasada, que cada año se entregaba un premio al mejor deportista del colegio: el Best Sportsman of the Year. Le pregunté cómo se optaba a él. «Tienes que meterte en cosas, participar», me dijo, y siguió a lo suyo. No le dio importancia, y yo tampoco se la di en voz alta. Pero algo, por dentro, resonó.

El día del trofeo

A partir de ahí me enganché. Empecé a jugar más al fútbol, y por primera vez no era el último: destacaba. Y cuanto más destacaba, más quería, y cuanto más quería, más mejoraba. Entré en el equipo del colegio y terminé siendo su capitán. Pero no se quedó en el fútbol. Me acuerdo de salir de cenar e irme directo al gimnasio, a tirar a canasta o a jugar las pachangas que montábamos allí dentro. Y los domingos de partido me acostaba pronto la noche antes, para llegar fresco: me lo empezaba a tomar en serio de verdad. El deporte se convirtió en mi compañero de viaje, y no me ha soltado desde entonces.

Fui ganando cosas a lo largo del año. El torneo de tenis. El de ping-pong. El de billar. Y al llegar las olimpiadas del colegio, me apunté a todo: fútbol con regate entre conos, salto de longitud, natación, los 400 metros, el cross country por el campo. En unas subía a lo más alto, en otras quedaba segundo o tercero, pero coleccioné medallas y trofeos de los que hoy ni me acuerdo.

Y entonces, al terminar el curso, llegó algo con lo que jamás me habría atrevido a soñar. Reunieron a todo el colegio para la entrega de premios. Fueron pasando los reconocimientos, uno tras otro, hasta que llegó el último y el más importante: el mejor deportista del año. Solo había uno. Solo había un nombre. Y dijeron el mío.

Esa es la foto. Es el momento justo de la entrega, con el trofeo dorado recién puesto en mis manos. Ese trofeo que sostengo es el premio al mejor deportista del año. Y ahí estoy yo: un chico que siempre se había sentido inferior a los demás, mirando al suelo, sin atreverse a levantar la cabeza, sin terminar de creerse que aquello estaba pasando de verdad.

No fue suerte

Podría haber sido un golpe de suerte. Un momento bonito y aislado. Pero la vida me demostró que no lo era.

Más tarde entré en una de las mayores universidades de Londres. Al empezar el curso reunieron a cientos de aspirantes en unos campos de fútbol para formar los siete equipos de la universidad, del primero al séptimo, cada uno en su liga. Me hicieron la prueba y me seleccionaron directo para el primer equipo. Y en mi último año allí volví a recibirlo: el premio al mejor jugador de la temporada.

Cuando volví a San Sebastián, mis amigos y mi familia me insistieron en que lo intentara en la Real Sociedad. Y así acabé haciendo una prueba en Zubieta, con Perico Alonso, entrenando en los mismos campos que futbolistas que luego fueron conocidos internacionalmente. No tenía estructura futbolística, nunca pasé por categorías inferiores ni por entrenadores de cantera, así que la prueba no salió del todo bien. Pero puedo decir que estuve allí. Y después jugué durante años, a mi nivel, el que me correspondía. Todo aquello empezó el día que un chico se atrevió a creer que podía.

A qué foto vuelvo hoy

Han pasado casi cuarenta años. Hoy tengo 58, y esa foto sigue colgada en algún lugar de mi cabeza. Vuelvo a ella más de lo que me gustaría reconocer: cuando dudo, cuando las cosas no salen, cuando esa voz de dentro me susurra que no valgo, que no puedo, que otros sí y yo no. Entonces recuerdo al chico del trofeo, y me recuerdo a mí mismo que aquello no me lo regaló nadie. Que lo construí yo, solo, empezando desde abajo.

Porque he aprendido una cosa: tu valor no es lo que eres ahora. Tu valor es todo lo que eres capaz de llegar a ser si te atreves. El chico de la foto no valía nada según las notas, ni según el patio del colegio, ni según nadie. Su valor estaba escondido en su potencial, esperando a que alguien, él mismo, apostara por él.

Y aprendí otra: que la vida te empuja constantemente a hacer lo que toca, lo que se supone correcto, lo que otros esperan. Pero lo que de verdad te transforma es perseguir lo que te apasiona, aunque no encaje, aunque no sea el camino que «debería». Yo encontré mi sitio con un balón, en un país extranjero, haciendo justo lo que en casa se me daba mal. Salir fuera, atreverme y creer en mí fue lo que me devolvió a mí mismo.

Y aquella semilla no se quedó en 1986. Casi cuarenta años después sigo entrenando tres o cuatro veces por semana, y no solo por el cuerpo. El deporte me libera la cabeza, me da la claridad con la que construyo mis proyectos, mis sueños empresariales, mi libertad financiera. Aquel balón no me enseñó solo a jugar: me enseñó que las tres libertades, la mental, la física y la financiera, están cosidas entre sí. Que cuando cuido el cuerpo, pienso mejor; que cuando creo en mí, me atrevo a más; y que todo, absolutamente todo, empezó por dentro.

Esa es, para mí, la primera de las libertades: la libertad mental. La de creer en tu propio valor cuando todo, y a veces tú mismo, te dice que no lo tienes. Porque los límites casi nunca están fuera. Están dentro.

¿Cuál es tu foto? ¿Cuál es ese momento tuyo al que podrías volver para recordarte, cuando dudas, todo lo que ya has sido capaz de hacer?

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Sobre Yon

Yon Valverde es CEO de Key Result, consultor estratégico e inversor. Tras años trabajando con líderes y empresas, decidió aplicar la misma exigencia a su propia vida. En este blog escribe sobre Las 3 Libertades —física, mental y financiera— como un camino real hacia una vida más joven, más auténtica y más rica.

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