Si hay una de las tres libertades en la que siento que he llegado tarde, es en la libertad financiera.
Durante muchos años trabajé, crecí profesionalmente, asumí responsabilidades y generé ingresos. Pero no entendía lo verdaderamente importante: la diferencia entre trabajar y construir patrimonio. Hoy soy consciente de que llevo unos 30 o 35 años de retraso respecto a personas que, gracias a la educación recibida —muchas veces en su propia familia—, empezaron muy pronto a invertir poco a poco, a largo plazo, dejando que el tiempo y el interés compuesto hicieran su trabajo.
Aceptar esto no es cómodo, pero sí liberador. Porque asumir que llego tarde no significa rendirme, sino obligarme a hacerlo de otra manera.
El clic mental
El momento en el que todo empezó a encajar fue al releer Padre rico, padre pobre, de Robert Kiyosaki. Es un libro que ha pasado varias veces por mis manos a lo largo de mi vida, pero que nunca había entendido de verdad. No tenía el contexto. Me parecía lejano, casi irreal.
Hace un par de años, con más experiencia y otra mirada, mi cabeza hizo clic. Entendí algo muy simple y muy incómodo a la vez: trabajar mucho no te hace rico. Normalmente te hace ingresar más, gastar más y pagar más impuestos, mientras tu tiempo —y tu energía— se reducen. El sistema está diseñado así.
La única salida real es otra: trabajar en el patrimonio, no en el trabajo. Construir activos que, con el tiempo, sean capaces de pagar todos tus gastos. Esa es, para mí, la fórmula matemática de la riqueza. Y no, no hace falta tener un piso en Miami ni un Ferrari para considerarte rico. Todo depende de cuánto necesitas gastar para vivir en paz.
Mi punto de partida real
Hoy me sitúo en un punto bajo-medio. No soy rico, ni mucho menos, pero he entendido el camino. He cambiado mi relación con el trabajo: trabajo para invertir, no para pagar gastos; para hacer crecer una empresa, no para intercambiar tiempo por dinero. Eso le ha devuelto sentido e ilusión a mi vida profesional, que había perdido en los últimos años por motivos personales.
Sé que, al haber llegado tarde, no puedo confiar únicamente en el interés compuesto a muy largo plazo. Necesito generar más ingresos, invertir cantidades mayores, seleccionar muy bien las oportunidades, gestionar el riesgo con cuidado y apoyarme en personas que ya hayan recorrido ese camino.
Entrenar para invertir
En estos momentos estoy en modo esponja. Igual que entrenas el cuerpo para estar fuerte o la mente para ganar claridad, convertirte en inversor también se entrena. Las oportunidades no aparecen solas: hay que desarrollar el criterio para verlas.
Esto implica rutinas diarias:
– observar,
– analizar,
– hablar con gente distinta,
– exponerte a entornos donde se mueve el capital,
– equivocarte,
– aprender.
Las rutinas que funcionan en la libertad física o mental son las mismas que funcionan aquí. Cambia el campo de juego, pero el modelo es idéntico.
Aprender de quienes ya saben
Si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que la forma más rápida de aprender de verdad siempre ha sido apoyarme en mentores, normalmente a través de programas estructurados —muchas veces de 90 días— con contenido, comunidad y acompañamiento. Es un patrón que he repetido en muchas áreas de mi vida y que voy a repetir también aquí cuando sea el momento.
Mi inclinación natural es clara: invertir en empresas, en aquello que entiendo y domino mejor. Pero seguir de cerca a referentes como José Elías, Pedro Buerbaum, Nacho Muhlenberg, Javi Linares, Celia Cruz, Pau Antó, Monge Malo o Iñaki Acocha también me ha hecho levantar la mirada hacia otros activos que hasta hace poco no formaban parte de mi vocabulario: inmobiliario, criptomonedas, oro, plata o fondos indexados.
Ese mismo proceso también me ha llevado a fijarme en otros territorios donde se está moviendo el capital, que hasta hace poco para mí eran prácticamente invisibles, como por ejemplo Dubái, Estados Unidos o algunos mercados emergentes de Asia. Hoy observo todo esto con curiosidad y distancia; no es una prioridad, pero sí parte de lo que empiezo a entender.
La conclusión clave
Si tuviera que resumir todo esto en una sola idea sería esta: lo más importante no es invertir, sino tener dinero para invertir.
Antes de pensar en activos, hay que convertirse en una máquina de generar ingresos. Vender, vender y vender, aumentar drásticamente tus fuentes de ingresos, hacer crecer la empresa, construir una organización sólida. Sin eso, todo lo demás es teórico.
Esta es mi visión hoy. Probablemente todavía miope. Pero es el camino que he decidido recorrer. Y, por coherencia con la promesa de este blog, iré compartiendo cómo evoluciona, qué aprendo y qué cambio por el camino.
Si no estás de acuerdo, o si tu experiencia con el dinero y el trabajo es diferente, estaré encantado de conocerla.
