¿Para qué quieres hacerte rico si tu cuerpo no te sostiene?
¿De qué sirve tener dinero si estás agotado, si tienes la tensión por las nubes, si vives empastillado, si te duele todo el cuerpo, si cada semana tienes una contractura nueva, si cada vez que juegas al pádel te lesionas, si ya no te mueves con soltura o si has asumido que el deporte era algo “de cuando eras joven”?
Hay un punto en el que el cuerpo empieza a pasar factura. Y cuando eso ocurre, todo lo demás pierde importancia. Mientras hay salud, los problemas parecen muchos. Cuando la salud falla, solo existe uno.
Esa idea la expresa muy bien un monje Shaolin, Shi Heng Yi, cuando dice que el cuerpo es el templo donde habita todo lo que eres. Y cuanto más lo observo, más claro lo tengo: antes de hablar de proyectos, metas o ambición, hay algo previo que no se puede negociar. Un cuerpo fuerte, cuidado y funcional.
La libertad física no es un complemento de la vida; es la condición que permite que todo lo demás exista.
Y, del mismo modo que en la libertad financiera el objetivo es ser rico, en la libertad física el objetivo es ser joven. No sentirse joven, sino serlo de verdad. Mantener un cuerpo capaz, fuerte y funcional el mayor tiempo posible. Mi visión personal es clara: quiero llegar a los 100 años y que sean mis nietos los que tengan que perseguirme a mí.
Tres pilares: deporte, alimentación y descanso
Para mí, la libertad física se sostiene sobre tres pilares claros: el deporte, la alimentación y el descanso.
No funcionan de forma aislada; se influyen constantemente entre sí.
Cuando uno falla, los otros lo notan.
De los tres, el deporte es donde hoy me siento más fuerte.
El deporte como punto de anclaje
He tenido la suerte de contar con una buena base genética y con una educación en la que el deporte estuvo presente desde muy pequeño. Mis padres nos inculcaron a mis hermanos y a mí el hábito de movernos, de competir, de esforzarnos. A lo largo de los años he practicado muchos deportes: fútbol, tenis, judo, esquí, carrera de fondo.
He corrido cinco maratones y decenas de medias maratones. No por obsesión, sino por curiosidad, por reto personal y por esa conexión tan poderosa entre sacrificio y logro interno. El deporte me enseñó pronto que el premio no siempre es externo; muchas veces es una sensación íntima de superación, de haber ido un poco más allá de lo que creías posible.
También aprendí a adaptarme. Una lesión de ligamento me apartó del fútbol y me llevó al running. Más adelante, tras muchos kilómetros acumulados, entendí que correr tampoco podía ser la única respuesta. Fue entonces cuando apareció algo que cambiaría mi forma de entender el cuerpo: el entrenamiento de fuerza.
Fuerza y longevidad
Hace aproximadamente un año y medio, a través de lecturas y conversaciones, entendí un mensaje muy simple y muy poderoso: la fuerza es longevidad. No se trata de estética ni de rendimiento extremo, sino de sostener el cuerpo a largo plazo.
Empecé de forma tímida con un entrenador, pero pronto decidí tomármelo en serio. Entrar en una rutina, seguir un plan, ser constante. Hoy entreno fuerza cuatro veces por semana.
Los beneficios han sido evidentes. No solo mi cuerpo es más atlético; es más equilibrado. Corro más rápido habiendo corrido menos. Me siento más estable, con un core fuerte, con una musculatura que protege huesos y articulaciones. El desgaste es menor.
Además, el entrenamiento libera endorfinas y dopamina, reduce el estrés y genera una sensación profunda de bienestar. Me conecta conmigo mismo, me da seguridad y presencia. Esa seguridad trasciende al ámbito mental y profesional: cambia la postura, la forma de afrontar retos, la manera de estar en una sala. El cuerpo habla antes que las palabras.
Rutinas que se transfieren
Esta es, probablemente, una de las ideas más importantes de todo este proyecto. La libertad física es la que hoy tengo más desarrollada porque hay disciplina, propósito y planificación. Hay capacidad de sufrimiento, ganas de superación, voluntad de hacer una repetición más o levantar cinco kilos más.
Y eso no es casual.
Ese modelo —rutinas, disciplina, planificación, seguimiento— es exactamente el mismo que puede aplicarse a la libertad mental o a la libertad financiera. Cambia el campo de juego, pero no el sistema. Meditar cada día, trabajar la gratitud, planificar reuniones, sostener hábitos comerciales… todo responde a la misma lógica.
Esto es lo que estoy intentando validar: las rutinas que funcionan en una libertad pueden adaptarse y funcionar en las otras.
Alimentación: mitos que se caen
Durante años nos han acompañado modelos nutricionales hoy claramente desfasados, como la pirámide alimenticia. En mi caso, siempre he tenido hábitos razonablemente saludables: cenas ligeras, evitar comidas copiosas, escuchar al cuerpo.
En el último año y medio, coincidiendo con el entrenamiento de fuerza, mi alimentación ha cambiado. He aumentado el consumo de proteína, especialmente animal. No por dogma, sino por funcionalidad: el músculo necesita proteína. Prefiero comida real a suplementación, que nunca me ha sentado especialmente bien.
Siguiendo a distintos referentes, he ido rompiendo mitos muy arraigados: el miedo a la grasa, al colesterol, a los huevos. Hoy sabemos que las grasas sacian, que el problema real ha sido el abuso de azúcar y harinas refinadas, y que el colesterol es esencial para el cerebro y la producción hormonal.
El huevo, demonizado durante décadas, es uno de los alimentos más completos que existen. El problema no era el colesterol; era el contexto metabólico.
También he incorporado hábitos como prestar atención a los horarios de comida, la exposición al sol o el ayuno —no extremo, pero consciente— entendiendo su impacto en la salud y la regeneración.
No sigo a nadie de forma dogmática. Escucho, filtro y convierto lo que tiene sentido en hábitos sostenibles.
Descanso: el punto a mejorar
El descanso es el tercer pilar, y también donde hoy tengo más margen de mejora.
Siempre he sido madrugador, me levanto con facilidad y durante muchos años dormí bien, unas siete horas, con buena calidad. En los últimos dos años, por razones personales, mi sueño ha empeorado tanto en duración como en profundidad. Me cuesta desconectar el cerebro.
Sé que el descanso es clave: el sueño repara tejidos, consolida la memoria, regula emociones y hormonas. Dormir mal anula parte de los beneficios del entrenamiento y afecta a todo el sistema.
Soy consciente de hábitos que no ayudan, como el uso del móvil antes de dormir. Estoy trabajando en volver a establecer rutinas, límites y disciplina también aquí. El descanso no es mi punto fuerte ahora, pero es un área clara de trabajo.
Un proceso en marcha
La libertad física no es perfección. Es proceso, atención y responsabilidad. Es entender que el cuerpo no es una máquina infinita, sino un aliado al que hay que cuidar.
Este espacio no es para dar recetas universales, sino para compartir lo que vivo, lo que pruebo y lo que aprendo. Porque sin cuerpo, no hay mente clara ni proyecto que se sostenga. Y porque, al final, la libertad física no es el objetivo final: es la base sobre la que todo lo demás puede construirse.
Si esta reflexión conecta contigo, o si ves la autenticidad desde otro lugar, puedes escribirme o compartir tu perspectiva.
