Todos nos acordamos de esa escena.
El señor Miyagi pone a Daniel a encerar coches, lijar el suelo, pintar la valla. Horas y horas con el mismo gesto absurdo, sin explicarle para qué. Daniel se agota, se frustra, se enfada con su maestro. Cree que lo está usando de criado. Hasta que un día Miyagi le lanza un golpe, el chico lo bloquea sin pensar, y descubre que cada uno de esos gestos repetidos le había estado enseñando a defenderse. (The Karate Kid. Dirigido por John G. Avildsen, interpretado por Ralph Macchio y Pat Morita, Columbia Pictures, 1984.)
Pagó un precio durante semanas sin entender qué estaba comprando. Y justo por eso funcionó.
En Piense y hágase rico, Napoleon Hill describe seis miedos básicos que arrastramos casi todos los seres humanos. El miedo a la crítica, a la enfermedad, a la vejez, a perder a quien quieres, a la muerte. Y uno que, junto al de la muerte, es el que más nos controla: el miedo a la pobreza. El miedo a quedarte sin nada. Un miedo viejísimo, aterrador, que mueve casi todas las decisiones que la gente toma sin saber por qué las toma.
El miedo se quita pagando
Lo lógico sería pensar que ese miedo se quita teniendo dinero, y cuanto antes mejor. Pero la seguridad no se compra de golpe. Conozco gente con mucho que vive aterrada, y gente con poco que duerme tranquila. Lo que de verdad quita el miedo no es tener de un día para otro, es haber pagado durante años el precio que te lleva hasta ahí.
Y ese precio es algo que estoy reencontrando estos días en un trabajo de desarrollo personal: la capacidad de poner por delante un esfuerzo hoy a cambio de una recompensa que no llegará hasta dentro de mucho. La gratificación instantánea contra el precio. El cerebro las quiere juntas y pegadas. La madurez es aguantar que estén separadas en el tiempo.
Los gimnasios de la libertad
El cuerpo. Voy al gimnasio casi a diario, y si una semana no puedo, la recupero a la siguiente. Entreno para llegar a los cien años con un cuerpo que aún me sostenga.
La cabeza. Sigo el proceso aunque a ratos duela. El autogobierno es un círculo: adquieres una competencia, esa competencia te da logros, los logros te dan confianza, y esa confianza te impulsa a buscar la siguiente competencia. Lo difícil es entrar, porque el primer precio lo pagas antes de tener nada de eso.
El dinero. Aporto cada mes a un fondo que no voy a tocar, sin ver el resultado, porque sé para qué lo hago. Por independencia: para no depender nunca de un sistema que te promete el paraíso después de cuarenta años de trabajo y te entrega una pensión que no llega ni para pipas. Me jubilaré cuando yo quiera, no cuando me lo digan. Pararé cuando sea libre.
Va de volver siempre
Que nadie se confunda: esto no va de disciplina de hierro ni de no fallar nunca. Hay rachas que se rompen, semanas más flojas, meses peores. El activo crece igual, porque lo que importa es volver.
Y hay una trampa de la que me di cuenta hace poco, en una sesión de shiatsu. El terapeuta me dijo que voy «envasado al vacío». Que muevo el cuerpo todos los días pero lo tengo blindado, tenso, desconectado. Y ahí entendí algo incómodo: puedes pagar el precio cada día y aun así no habitar lo que cuidas. Tener el activo bien gestionado no es lo mismo que estar conectado con él. Eso también es un precio, y a ese todavía le estoy cogiendo el sitio.
La pregunta de siempre
Ser libre no es gratis. En el cuerpo, en la cabeza y en la cuenta, lo que separa al que avanza del que se queda es la disposición a pagar precios que tardan años en devolverte algo, muchas veces sin entender del todo qué estás comprando.
Daniel enceraba coches sin saber que estaba aprendiendo a pelear. Tú llevas toda la vida dando cera y puliendo cera en algún sitio. La pregunta es en cuál has dejado de hacerlo.
Si esto le sirve a alguien para volver a uno de sus tres gimnasios, ya habrá merecido la pena escribirlo. Yo, por mi parte, lo dejo aquí: son las 7:05, y me voy al mío (al físico).
¿En cuál de los tres gimnasios llevas más tiempo sin aparecer?

